Uno

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Llegó sola y vestida de negro. Las hojas secas de los paraísos cubrían parte de la acera y el cielo limpio de nubes no daba lugar a ninguna distracción. Entró al Cementerio de Flores y se sintió pequeña mientras atravesaba su amplia entrada rodeada de imponentes  columnas. A esa hora de la mañana la serenidad se imponía en las  calles empedradas; cruzó unas pocas palabras con el hombre que barría con parsimonia y supo como encontrar la tumba de su padre.

Caminó con lentitud, sin curiosidad por nada de lo que la rodeaba y fue avanzando por la arteria principal, inmersa en sus pensamientos.

Sintió un poco de frío y el camino se le hizo largo. Se sorprendió frente a la lápida blanca, que con austeridad solo mostraba un nombre y un par de fechas debajo. Su corazón comenzó a latir con más fuerza, justo en el momento en el que las campanadas de la iglesia marcaban la hora que no se iba a repetir jamás. Se reclinó a limpiar las flores secas  y pensó fugazmente que los claveles blancos que llevaba tendrían que haber sido rojos para llevarse la melancolía y la languidez que reinaban en el lugar. Sacudió algunas hojas recién caídas del árbol que estaba frente a ella y encontró el lugar para sentarse, casi hombro con hombro con su padre, y como tantas veces en el pasado, comenzó sin voz a conversar con él. Era un reencuentro necesario y una impostergable despedida.

El tiempo fue pasando sin medida y los recuerdos y las palabras nunca dichas se atragantaron en su pecho haciendo conciente el duelo y el gran vacío que sentía en su interior.

No hubo lágrimas, solo un largo suspiro que la impulsó a levantarse y a buscar la salida. Una vez en la calle paró el primer taxi que pasó y sintió refugio en medio del anonimato de la gran ciudad.

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